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22.1.05
Vamos a dar una vuelta al cielo
Tan pronto llegué, descolgué el teléfono y marqué su número. Que onda, ya estoy aqui. Ibis. Si, ese mero. 506. Sale, te espero... hey ¿colgaste? Ah, chido, tráete tu traje de baño. Sobres, bye.
Encendí el televisor pero no podía concentrarme en lo que veía, la neta estaba impaciente. Media hora después tocaron a la puerta. Me levanté de la cama y te abrí. Estabas hermosa, casi había olvidado lo mucho que me gustan tus ojos... ¿que? ¿que nunca te lo dije?
No hablamos mucho. Me abrazaste y nos acostamos como muchas veces lo hicimos. Yo acariciaba tu cabello, tu rostro, tu cuello... ¡Cómo extrañaba esto! Nos besamos y casi podía recordar la primera vez que mis labios estuvieron junto a los tuyos. Las lenguas danzaban en una sincronía casi perfecta. Aún recordaba todos y cada uno de tus movimientos. Recorrí toda tu piel, reconociendo cada centímetro, controlando mi ansia de tí, tratando de alargar los segundos, de estirar el tiempo y disfrutarte al máximo porque ambos sabíamos que sería la última vez.
Hicimos el amor una, dos, tres veces. Después bajamos a la alberca del hotel. Reímos juntos, recordamos toda una vida de momentos... sólo los buenos. Me gustó abrazarte, los cuerpos casi desnudos, húmedos.
Regresamos a la habitación y nos bañamos juntos. Gracias, es algo que siempre había querido hacer. El jabón, el shampoo, los cuerpos resbalosos. No lo pude evitar, hicimos el amor nuevamente.
El tiempo pasó demasiado rápido. Ya era de noche y salimos a cenar a ese restaurante que tanto te gustaba. Platicamos. Terminada la cena pasamos a un Oxxo a comprar cerveza y un paquete de condones. Hacía mucho tiempo que no compraba esos dos artículos juntos.
De vuelta en la habitación vimos una película en la tele y bebimos cerveza. Hicimos el amor miles, cientos de veces... quizá solo fueron dos. Dormimos desnudos, agotados.
Al día siguiente me desperté junto a tí. Olías a ti. Nos vestimos y bajamos a desayunar. Para cuando me dí cuenta ya eran casi las doce, hora del "check out". Te dí un último beso y te dije que te amaba. Te voy a extrañar.
Para el resto del mundo desaparecimos misteriosamente por un día. Para nosotros, fué un viaje al pasado. Subí a mi carro y encendí mi celular.
16.1.05
Un buen dia compré gas para mi encendedor. Cuando llegué a mi casa no lo pude encontrar por ninguna parte. Busqué y busqué, volteé todo mi cuarto, desarme mi escritorio, saqué todos mis pantalones y todas mis chaquetas donde podría estar, pero no lo encontré. Lo tuve por mucho tiempo, más del que pensaba que podría tenerlo. Conocía todas sus mañas y sus detalles. Aun recuerdo el pequeño rayón que tenía en el frente, desde el cuerpo hasta la tapa. En la base tenía una abolladura casi imperceptible del lado izquierdo. Adentro, la placa ya estaba un poco vieja y había que ajustarla para escuchar ese hermoso 'click'; un 'click' que solo yo disfrutaba. La visagra de la tapa estaba ligeramente floja y el ultimo remache de la derecha estaba unos milímetros hacia atrás. Estoy seguro que nadie nunca notó esos pequeños detalles pero a mi me encantaban. Cada una de sus partes eran perfectas, justo como deberían ser.
El valor comercial de mi zippo no rebasaba los 250 pesos, pero yo lo quería mucho, su valor sentimental rebasaba cualquier defecto que otros pudieran señalar. Ofrecí una cuantiosa recompensa por él y pregunté a todos mis amigos si alguien lo había visto. Lo más extraño de todo es que después de tanto tiempo, no lo pude haber perdido en ninguna parte porque ya formaba parte de mí, simplemente desapareció.
No soporto pensar que alguien más pueda tenerlo, porque yo sé que jamás logrará apreciarlo como yo lo aprecié. No quiero imaginar que hay en este mundo otra persona que enciende sus cigarros con mi encendedor, o peor aún: que lo use para prender la estufa o quemar mariguana.
Algunos me dicen que sólo era una cosa y que no debo de preocuparme tanto por eso, que los objetos materiales no son de gran importancia. Yo no lo pienso así, mi encendedor estuvo conmigo en mis peores y mejores momentos, cuando algo le fallaba, pasaba horas tratando de arreglarlo y siempre lo mantenía en las mejores condiciones posibles. Nos complementábamos y siempre me brindó su luz y su calor.
Este fin de semana me dí cuenta que perdí mi encendedor para siempre, que ya no va a regresar y que no lo encontraré mágicamente en el cajón de mi escritorio, donde siempre estuvo. Fué muy doloroso aceptarlo, pero el tiempo continúa implacablemente y yo no puedo seguir viviendo en el pasado. Tomé una decisión y el día de hoy fuí a comprar uno nuevo.
A pesar de todo, y por más ridículo que parezca, sigo deseando que al abrir mi cajón, el viejo encendedor esté allí. En ese momento, aunque solo durara un instante, sería muy feliz. Le pondría gas y encendería un cigarro. Time takes a cigarrette, dicen...
14.1.05
El error de Carlos fue haberse enamorado de Mariana. Lo sé porque yo también me enamoré de ella. Ahora, por su culpa, el pasado no es más que un espejismo, un lapsus, un sueño que se siente real aun después de despertarse.
Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué pinche año era aquel? Aún se esperaba el cataclismo del guaitukey y la herida abierta por el Presidente Salinas todavía no sanaba. En la escuela se vendían personas como esclavos para apoyar a la economía preparatoriana y los Kiowas se enfrentaban nuevamente en la final contra los Vaqueros de la dos. Se vendían los Pall Mall y los Elegantes estrenaban boquilla, los Alitas a cuatro pesos y los Faros en pleno apogeo. En la cafeta estaban de moda las aguas minerales preparadas y las hamburguesas de rata, los cigarros dea peso, los jugos Tropicana congelados, las tostadas de Don Chuy. Sentados en la jardinera del fondo, los “huevones pero cultos” charlábamos sobre la influencia de Courtney sobre la muerte de Kurt Cobain, la llegada de los escatos a la prepa, la diferencia entre los darketos y los góticos, la extrema izquierda y la ultra derecha, la manera de derrocar al sistema, la estupidez del vegetarianismo. Allí fue donde conocí a mis amigos, entre ellos a Mariana, de la cual me enamoré profundamente.
La primera vez que fui a casa de Mariana fue después del círculo de lectura que organizamos los sábados. Su madre pasó a recogerla y me invitó a comer. El carro fue por todo Garza Sada hasta donde se une con Revolución. Allí, a mano derecha subió unas cuantas calles y llegamos. Memoricé el camino pues una parte de mí sabía que lo utilizaría muchas veces más. Aroma a hogar. Pasen a al cuarto de Mariana, la comida estará más tarde, voy a preparar hamburguesas ¿hay algún condimento que no te guste? No señora, así esta bien. Comí con su familia y platicamos el resto de la tarde en su cuarto. En el estéreo Garbage, Siouxie and the Banshees, Radiohead, Pulp, The Gathering, Live. Rápidamente se hizo de noche y yo regresé a mi casa.
Después de ese día, Mariana y yo nos volvimos inseparables. Salíamos siempre juntos o vagabundeaba por su casa como si fuera la mía. Cuando al fin sentí que mi amor era correspondido, la invité a Plaza Fiesta a tomar un café en el Florian y después de vacilar un poco reuní todas mis fuerzas y le dije que la amaba.
Pensé que me respondería que ella también me amaba o que se burlaría de mí y me mandaría al carajo. Mi mente sólo contemplaba esas dos posibilidades: lo obvio. Pero Mariana no me dijo que me amaba ni se burlo de mí. En cambio, me miró tristísima y me dijo:
¿Por qué me haces esto? Tu sabes que te quiero un chingo como mi amigo, eres como un hermano para mí. No puedo arriesgarme a perderte. Ya lo he vivido.
Le dije que no había pedo y dimos por terminada la noche. A partir de entonces, Mariana y yo nos seguimos viendo, pero nunca fue lo mismo; y un día, tiempo después, nos peleamos y no la volví a ver. Varios años más tarde me topé a una mujer que era idéntica a ella, pero sin embargo yo sabía que no era la verdadera Mariana, la Mariana que yo amé había muerto.
Qué antigua, qué remota, que imposible esta historia. Pero existió Mariana, existió un Florian en Plaza Fiesta. La jardinera de la prepa fue retirada y la avenida Garza Sada se ha modificado tanto que es completamente irreconocible, se acabó la prepa, terminó aquella utopía.
Mi profundo amor por Mariana nunca tuvo podere bélicos ofensivos. Nunca pudo romper barreras. Sin embargo, me consuela pensar que fué tan alto como el cielo en el mundo y tan hondo como el mar profundo…
8.1.05
Ella tenía pocitos en la espalda
Le pagan por planear y organizar. Se pasa la vida viviendo cinco, diez horas en el futuro; en ocasiones se adelanta una quincena, tres meses, un año, lustro o década. No puede realizar acción alguna sin pensar en un abanico de consecuencias, clasificarlas, calcular la probabilidad de que ocurran y compararlo con sus prioridades, la optimización de recursos y ganancia -tangible y perceptual-. Era realmente impresionante cuando uno lo veía actuar. Su mente podía desplazarse hacia el futuro y contemplar todos los contratiempos, defectos, fallas y situaciones de lo más extremas que se pudieran presentar como resultado de tomar determinado camino.
Desgraciadamente, y aunque su ingreso mensual era de casi seis dígitos, su vida era un tanto frustrante. Pensar en las consecuencias se había vuelto tan habitual para él, que era imposible dejar de hacerlo en su vida cotidiana. Si bebía coñac en la noche con sus colegas, se preocupaba de pensar que pronto estaria ebrio y podría comentarle al Lic. Hernandez que sería desocupado la próxima quincena. Peor aún: podría coquetear con la gerente ejecutiva de la división México: Sudeste. Todos sabían que estaba felizmente casada, pero... ¡uta, qué buena estaba!... No, no podía permitir que algo como eso ocurriera... En ese momento dejaba el vaso de coñac sobre la mesa y se retiraba con alguna excusa poco convincente.
En las mañanas se levantaba y olía el delicioso tocino que preparaba Doña Fernanda para acompañar los huevos del desayuno, junto a su taza de café y un vaso de jugo de naranja. ¡Cómo le gustaba el pinche tocino! pero... el colesterol... las venas tapadas, la vejez prematura, el bypass que le pondrían a los 52, el marcapaso y finalmente el ataque al corazón, justo antes de ver casada a su hija... No, ¡no podía permitir eso! y no se hable del pinche café que te atrofia la cabeza. Entonces se tomaba solo el vaso de jugo de naranja, seguido de una pastilla de Pepto -no vaya a ser que los cítricos me desmadren el estómago-.
Si iba de compras, pensaba en el espacio que tenía disponible en refrigerador, el tiempo que le tomaría consumir los alimentos y cómo los iba a convinar para sacar el mejor provecho de éstos. Pensaba en la posibilidad de recibir visitas inesperadas y en el porcentaje de comida que podría hecharse a perder en el transcurso de la semana.
Antes de salir al cine sincornizaba la función con los horarios de tráfico, el largo de la película y la duración de otras películas saber a que horas terminaban y así obtener un buen espacio en estacionamiento. La compra de las palomitas debía hacerse 5 minutos antes de la función y tenía que ir al baño justo antes de entrar a la sala porque las palomitas le darían sed y tendría que tomar refresco y no podría ir al baño durante la película.
Evitaba casi cualquier vicio y placer (¿que no son lo mismo?) Casi no bebía, no fumaba, no utilizaba sustancias ilegales ni dañinas para la salud. No comía muchas grasas, no tomaba café, no visitaba a las prostitutas ni hacía viajes sin planeación previa.
En su carro había pastillas para la gripe, el dolor de cabeza, gastritis, gotas para los ojos y chapstick. Tenía escondidos 100 pesos de reserva para algun imprevisto, dos condones, mentas para el aliento y monedas -por si tengo que estacionarme en un parquímetro-.
Esa noche iría a la posada de la empresa así que compró regalos y preparó su discurso por si ganaba algún reconocimiento. Llegó a tiempo al salón y de pronto la vió parada junto a la ponchera. Ella tenía pocitos en la espalda y aunque solo los vió por un instante en su mente había una imagen casi fotográfica de ella; de su rostro, su cabello, sus ojos, su cintura... Y fue en ese momento que no supo que hacer. No pudo pensar qué decirle ni lo que ella le respondería. No pudo adelantar el tiempo ni un solo segundo. De pronto todos los relojes del mundo se detuvieron y a partir de entonces ya no pasó nada... 10:35:08
1.1.05
"Dejar de tomar", murmuró el alcohólico.
"Conservar la salud", comentó el anciano.
"Salir del closet", pensó el esposo, mientras abrazaba a su mujer.
"Tener otro hijo", dijo la menopáusica para sus adentros.
"Aprender computación", mencionó el analfabeta.
"Ganarme la lotería", musitó el desempleado.
"Comprar una casa", respondió el indigente.
"Cruzar el charco", alegó el indocumentado.
"Ser más honesto", presumió el político.
"Ayudar a los pobres", sugirió el tacaño.
"Pensar en los demás", expresó el CEO de la gran empresa.
Y mientras sonaba la última campanada y la uva danzaba entre mi índice y mi pulgar, mi mente vacilaba tratando de encontrar un buen propósito de año nuevo... algo original, algo fresco.... y así transcurrió el tiempo y pronto me percaté que ya era demasiado tarde para hacerme propósitos nuevos... Tiré la uva a la basura y me serví un vaso de whiskey: "Mucho rollo con eso de los propósitos, comoquiera son puras mamadas".
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