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4.9.05
Cuando yo sea grande I (Asalto a los Sada)
Ya llevaba 10 minutos esposado al tubo de la granadera. Lo habían torcido los cerdos cuando se metió a la casa aquella donde vivía la familia Sada Montemayor. Sí, sabía cómo se llamaban todos: el Doctor en ciencias económicas Romualdo Sada, la Arquitecta Silvia Patricia Montemayor de Sada y sus dos hijitos chiflados que estudiaban en el Tec. Los odiaba desde el momento en que entró a trabajar con ellos como todista oficial de la familia. El mayor, Romualdo (o "Junior", como le decían) era un pendejete que ya llevaba 7 años en la facultad y no tenía ni pa' cuando acabar. El otro, Francisco, acababa de empezar sus estudios y tampoco se le veían ganas de terminar nunca. Se la pasaba de borracho manejando el Saab que le regaló don Romualdo al cumplir los 18.
Como todólogo, le tocaba arreglar el jardín, limpiar la alberca, lavar los carros, pintar la casa, y cumplir casi cualquier caprichito que se le ocurría a la pretensiosa y ciertamente muy mamona señora Paty. Cada día de trabajo era una mentada de madre para él. Era humillarse y bajar la cabeza, era dirigirse a los guercos de "señor", como si se hubieran ganado ese título... par de pendejos... La verdad, la paga no era tan mala y hasta le sobraba para mandarle algo de lana a su jefecita que tanto había hecho por el cuando era morro (no que el culero de su jefe, del que no hablaremos más). Sin embargo, con lo que nunca pudo fué con la humillación.
"Pos esque tuve unas fallas con el casero porque ya le debía la renta desde hacía como medio año... y pos se me hizo facil meterme a la casa." Es la declaración que haría más tarde cuando llegaran los cagantes de los noticieros locales a preguntarle cual fue el motivo de su asalto. La estuvo practicando todo el camino para no pensar en el dolor que le causaban las esposas en sus muñecas cada que la granadera saltaba por uno de los muchísimos baches que hay en la ciudad. Pero la neta, la neta, todo había sido por coraje. Estaba harto de la pinche familia Sada Montemayor y tenía ya meses planeando el robo. Siempre cargaba una libretita donde iba apuntando las rutinas diarias de la familia y durante la redecoración del recibidor siempre echaba un ojo al sistema de alarma y cómo lo operaban. Tardó semanas en aprender como funcionaba la chingadera esa, pero de suerte que su compa el Cazafantasma ya tenía experiencia con aquellos aparatejos de seguridad y le explicó como estaba el baile.
No supo cómo fué que lo torcieron, aparentemente todo iba de maravilla, pero cuando salió ya estaban los chotos afuerita de la casa esperandolo. Se entregó sin hacer panchos, pero eso no lo salvó de que le metieran sus buenos chingazos. Lo malo de ese pedo es que cuando te estan madreando, te tratas de defender por más machín que seas, y cuando lo haces les das más excusa a los tiras para chingarte. Aún esposado le pegaron en la panza hasta que le sacaron el aire. Un camarada le había dicho que te pegaban en la panza para que no se te hicieran moretones y no hubiera manera de comprobar que se te habían pasado de verga.
Sin embargo, los putazos no eran lo que más le calaba. Si, es cierto que se le pasaron de lanza, pero mientras les mentaba la madre: "¡Pinches chotos culeros, hijosdesuchingadamadre!", se acordó de cuando estaba más chavito. Se acordó de la vez que entraron a su casa y se robaron lo poquito que tenían: la tele, una máquina de escribir, la grabadora, los aretes de su abuela, los quinientos mil pesos (de los de antes), que había estado ahorrando su jefa pa' darle para la escuela... "¡Pendeja! ¡Te dije que le pusieras seguro a la puerta!" fue lo primero y lo último que dijo su papá antes de tranquearse a su jefa en frente de él. A partir de entonces las cosas se complicaron un chingo y un buen día su jefe se salió de la casa para nunca regresar. En ese momento se prometió a sí mismo que cuando fuera grande iba a ser policía para evitar los robos y las injusticias que había en la ciudad. Toda la infancia soñó con ser policía. Pero de pronto, un buen día, se topó con la realidad y se tuvo que cambiar de bando. Ahora lo iban a acusar de robo y los Sada Montemayor no iban a descansar hasta que lo refundieran en el bote. Lo que aún no sabía era que el resto de su vida se la pasaría mentandole la madre a los pinches chotos ojetes que lo agarraron y odiando a la profesión con la que algún día soñó.
1.9.05
-¿Cómo dices llamarte?
-Esquizofrenia
27.8.05
¡Pero esque está tan bonita!
Y como quiera la ves y te hundes en sus ojos y no puedes escaparte. Porque cuando se acomoda el cabello puedes ver como cuando alguien avienta un balde de agua a la banqueta y cae toda de un chingazo. Y así se estampa su cabello contra su cuerpo y hace un ruido que sólo tú puedes escuchar. Y después ves los cabellos escurrirse uno a uno entre sus hombros. Tu quisieras ser uno de esos cabellos y acariciar su hombro lentamente, llevado por el viento y la gravedad, frotándo todo tu cuerpo con su piel despacito.
Porque llega y quisieras acercarte lentamente a ella, despacio. Esa sensacion que sólo te dá cuando tu cara está demasiado cerca de su cara y que sabes que ese beso es inminente, inevitable. Pero la tensión y el nerviosismo te obligan a alargar la espera. Y tu quisieras besarla ya, y que tu lengua roce su lengua y que los jadeos sean sonoramente inapropiados... pero es deliciosa la expectativa. Y sientes el calorcito de su cara y su respiración. Y te deshaces de ansias por terminar con todo de una vez y llegar al éxtasis de tocar tus labios con sus labios, pero también disfrutas la tensión que se maneja. Porque es como cuando guardas la cereza hasta el final, y mientras comes todo lo que la rodea. Y esperas y esperas y los rostros se congelan a milímetros de distancia. Y los labios atraen a los labios como pequeños imanes pero sabes que debes esperar... y alargar... y soportar... y luego... al fin viene la explosión que habías esperado toda la noche, quizá más, quizá días o semanas o meses. Y te sientes livianito como si pudieran reventarte con una aguja.
Quisieras después de ese beso llevarla a un cuarto y estar sólo con ella. Irla revelando despacito, irte deslizando por su cuerpo mientras le quitas la blusa. Y puedes sentirla semi desnuda y besarla y tocarla. Y despacio vas bajando su falda hasta que llega el punto en que solita cae al suelo y acaricias despacio sus piernas y sus nalgas. Y te alejas un poco, y no porque no quieras estar cada segundo junto a ella, sino que es hora de darle la oportunidad a tus ojos de verla así como se ven las mujeres en ropa interior. Y te asombras de la perfección de sus pechos entre los que quisieras recostarte y vivir para siempre. Porque en ropa interior hasta parece como si fuera frágil e indefensa, que necesitara que la abrazaras y la besaras toda sin dejar un sólo rincon de su cuerpo sin tus labios. Y ya no sabes si alargar más el sufrimiento o desnudarla de una sola vez y penetrarla hasta el fin de la galaxia. Pero decides chiflarla más, hacerla que te desee. Porque ella también está sufriendo de ansias. Porque disfrutarás cuando te pida que te dejes de chingaderas y la jodas de una buena vez. Y te limitas a desajustar su brassiere y revelar sus senos que piden a gritos que los cubras con tu boca.
Y regresas y estás nuevamente frente a ella en un lugar irrelevante. Y ya sabes que ni tu ni ella están hechos el uno para el otro y que no tienes ninguna oportunidad. Lo peor es que tu ya te habías prometido que ya no le ibas a tirar el pedo. Pero volteas a ver sus ojos, y nuevamente te hundes en ellos y no te puedes escapar. Y se acomoda su cabello y tu quisieras ser uno de esos pétalos que cuelgan de su cráneo y vivir pegado a ella y resbalarte por su hombro y frotar todo tu cuerpo con su piel, despacio, siguiendo el compás del viento y gobernado por las leyes de la gravedad...
21.8.05
Nunca se trató del sexo, pendeja, nunca tuvo nada que ver con el sexo. Porque yo no me conformaba con cogerte, sino que te hacía el amor. Porque para cuando te tocaba ya había entrado y salido de tí cientos, quizá miles de veces. Porque te hacía el amor con mi aliento muchísimo antes de que estuvieramos desnudos. Porque no me limitaba a amarte con mi cuerpo, sino que lo hacía con toda mi escencia.
No sólo te amaba desde la planta de tus pies hasta el perfumado cabello de tu cabeza, sino que mandaba mi alma a besar la tuya en un plano más alla, lejos de la cama, a decenas de años luz de tu comprensión. Que bebía cada gota líquida de tu cuerpo; te bebía en sudor y en saliva, en sangre, en orina, en fluído vaginal... Te secaba y te llenaba de mí, con cada beso, cada abrazo, cada embiste de mi cuerpo...
Que te hacía el amor porque no podía resistir ni un segundo sin estar dentro tuyo. Yo que quería quedarme a vivir en tu cuerpo, meterme en tus entrañas y dormir en tí. Implotaba en tu vagina, en tus labios, en tu ano. Implotaba de ver tus ojos, de lamer tu piel salada de mar, de oler tu corazón.
Que te besaba todo el cuerpo porque quería comerte viva. Quería tragarme en pedazos tu piel, alimentarme de los dedos de tus pies, de tus muslos, tu cintura, de los huesitos de tu cadera. ¿Qué no entendiste que nunca se trató del sexo, pendeja? Porque hacíamos música con nuestros cuerpos, porque eramos pinturas perfectas, porque eramos teatro y letras, danza y arquitectura. Porque era más que la fricción en mi pene, era el momento en que solo nosotros extistíamos, solo nosotros vivíamos, solo nosotros tratando de convertirnos en un solo 'yo'. Porque era el pinche puto segundo en que toda la Tierra se congelaba y quedábamos atrapados en un éxtasis simultáneo infinito, repetitivo, perfecto, mágico, mutuo...
Porque en mis yemas de seda que musicaban tu instrumento corporal, ahora sólo quedan hortigas insidiosas que al roce inflaman las carnes desafortunadas de aquella que osa acercárseme. Porque en mi lengua oxigenada que curaba tus heridas, ahora no hay más que un tridente centáurico que desgarra pecadores sin piedad. Y que mi aliento que calentaba tus entrañas ahora sirve para congelar el hielo y hacer que el más enorme de los icebergs tiemble de frío y se arrope con una capa de nieve.
Nunca se trató del sexo, pendeja, aunque en tu cabeza no haya otra forma de explicarlo. Nunca se pinche trató del sexo. No fué del sexo ni de las panochas y las mamadas y las cogidas y las folladas y las metidas y las sacadas... sino de todo, de todo lo demás.
15.8.05
Como buen mexicano, no es extraño que me gusten los tacos. Me gustan un chingo y también disfruto conocer nuevos lugares donde preparen tacos ricos. Pero esto que estoy haciendo no es tanto por placer, sino por convicción. Cada día voy a un lugar distinto para probar sus tacos de trompo. Ya me quité de las chingaderas de la Alameda y del centro de Monterrey: esos son lugares fresas... ahorita me dedico a recorrer todas las colonias de la ciudad buscando los tacos más austeros. Ya me eché un rol por la Terminal y la Solidaridad, varias Fomerreyes e Infonavits. He comido tacos en El Uro, La Canteras, República, Nuevo Repueblo y Valle Verde. He buscado en La Niño Artillero, la Ferrocarrilera, Unidad Modelo y la Talleres... todo esto no lo hago por gusto aunque no niego que he probado unos tacos buenísimos. La verdad es que tengo una importante misión y cada noche salgo de mi casa con un nuevo destino desconocido en busca de nuevos tacos, los más jodidos que pueda encontrar. Un carrito sin nombre y entre más sucio y más pinche huela, mejor. Tengo en mi casa un mapa de Monterrey pegado a la pared y cada lugar que visito lo marco para no repetir los mismos tacos. Y todo porque me dijeron en una peda que había un insecto, un gusano que ponía sus huevecillos en la carne de cerdo mal cocida... en los tacos de trompo pinches. Este gusanito, el Cisticerco, sube por tu cuerpo hasta tu cerebro. Y allí habita y se alimenta de tus neuronas y tu tejido. Y por eso lo estoy buscando tan desesperadamente: para que se coma a la chingada tu recuerdo de mi mente. Porque ya estoy harto de pensarte. Porque te odio con toda mi pinche bilis y desearía no haberte conocido. Porque prefiero tener un grotesco parásito en mi chompa que me chingue desde adentro, a tener al parásito de tu recuerdo pululando en mi mente cada día. Que se reproduzca... que ponga sus huevecillos en los pliegues de mi cerebro y entre todos se coman esas noches que pasamos juntos, que se alimenten de las fotos mentales de tu sonrisa y del olor de tu cabello. Que procesen y caguen a tu cuerpo desnudo y todas las palabras que me dijiste. Quiero que seas alimento de gusanos y no una carga en mi vida. Y cada mordida que le doy al taco espero que esa carne de cerdo traiga consigo a los gusanitos que van a salvarme de tu pinche recuerdo.
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