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20.4.07
No te ofrezco, amor mío, ni la luna ni el sol, que si algún dia fueron míos, ahora se encuentran en manos de aquellas que no han sabido apreciarlos. No te ofrezco mis estrellas, porque ahora pertenecen a quienes que ya no se encuentran aquí. No te ofrezco el cielo, el mar y la tierra porque esos ya son de nosotros y de todos los que respiramos.
Sólo te ofrezco mi mano para ayudarte cuando lo necesites, y si de nada te sirve, pongo a tu disposición mi hombro para que llores. Te ofrezco mis penas y mis alegrías así como mi oído incondicional que te escucha.
Te regalo megabytes ilimitados de memoria en mi cerebro, para que guardes allí tus recuerdos, tus fantasías, tus anhelos y cada segundo que pasemos juntos. Te regalo mi aliento en tu nuca por las noches y te presto mi cuerpo para que lo uses como te plazca.
Para tí tengo un montón de sueños, de palabras, de textos y de canciones. Mi tiempo libre para nosotros.
Corazón, yo no tengo riquezas para ofrecerte, pero tengo para tí un lujoso castillo y todo lo que provenga de mi imaginación. Te ofrezco mil y una noches, tardes de domingo viendo películas, aventuras eróticas en la mesa de la cocina, incoherentes conversaciones telefónicas, un beso al iniciar el día...
A tí, querida, te ofrezco mi potencial: todo lo bueno que pueda tener y todo aquello que pueda lograr. Y te aseguro amor, que si por azares del destino llegare a ser necesario, sin pensarlo ni un segundo pondré mi sangre a tu disposición. 
25.3.07
Lo que tu no sabes es que cuando estas dormida formo pequeñas constelaciones con los lunares y puntitos que tienes en la espalda. Que acerco mi rostro a tu cabello y me imagino que es un bosque enorme... que lo acomodo y reacomodo para simular que voy avanzando hasta perderme. No sabes que me hago chiquito y camino por tu cuerpo. Que escalo por tu pecho y después me deslizo hasta caer en tu ombligo. Ignoras que hay veces en que quisiera cortar mi corazón en rodajas finísimas para que puedas disolverlo en tu boca.
3.3.07
Todo el pedo empezó a las 4:37 de la madrugada. Lo sé porque cuando me levanté volteé a ver el reloj de mi cuarto. Estuve dando vueltas de un lado al otro de la cama con un punzante dolor estomacal. Con el pasar de los minutos, el dolor se intensificó a niveles inhumanos. Comenzé a sudar mientras me retorcía hasta el punto en que el dolor no me permitía respirar. Me levanté encorvado y me dirigí tambaleante al baño.
Abrazando la taza con todas mis fuerzas comencé a vomitar copiosamente mientras mi estómago se convulsionaba sonoramente. El vómito brotando de mi nariz me hacía imposible respirar y las lágrimas escurrían de mis ojos mientras el dolor recorría a dentelladas por mi cuerpo.
Sentí de pronto la necesidad de defecar pero no pude parar el vómito. A como pude, me senté en la taza mientras intentaba vomitar por entre mis piernas y la diarrea salpicaba en el inodoro convirtiendo mi cuerpo en una horrenda orgía de asquerosos deshechos estomacales.
El dolor se volvió insoportable. Mis extremidades perdieron su fuerza mientras jadeaba sollozante entre cada sesión de vómito y diarrea. Cerraba los ojos desesperado tratando de pensar que el dolor sólo está en la mente; que esto se terminaría pronto y al día siguiente estaría bueno y sano. Sin embargo, con los ojos cerrados mi cerebro sólo se concentraba en el dolor. Imaginaba decenas de agujas atrevesando mi vientre; a mis entrañas siendo sercenadas por un rayador de queso. Nuevamente me quedé sin aire. Rezaba a Dios que me quitara el dolor, que me perdonara por ser tan pendejo, pero que por favor me quitara ese pinche dolor insoportable...
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Frente a un demacrado y pálido cadáver, un grupo de residentes se encontraban, libreta y pluma en mano, esuchando atentos la plática del doctor de planta.
"¿Que podrían decirme de éste, Muchachos?"
La expresión de dolor y sufrimiento se habían plasmado con arcilla de muerte en el rostro del examinado. Al fondo, uno de los residentes se desmayó y comprendió, gracias a este evento, que la medicina no era su profesión.
Sin la más remota idea de lo que le había pasado al difunto, los residentes examinaban con incertidumbre el cadáver. Pronto, uno de ellos comentó con un dejo de duda:
"Parece ser un caso de indigestión..."
Casi se dibujó una sonrisa nanosecúndica en el rostro del médico de planta antes de completar el diagnóstico:
"Este, señoras y señores, es efectivamente un caso de indigestión. El individuo en cuestión murió esta madrugada por la excesiva ingesta de orgullo."
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Y aquí estoy yo. En el pinche infierno. Condenado al sufrimiento eterno porque el cielo no es para los pendejos como yo; y mucho menos para aquellos que pecamos de gula por tragarnos constante e indiscriminadamente nuestro pinche orgullo. 
22.2.07
Hacía ya buen rato que no tenía una cita de esas: buena cena, plática amena, clima idóneo, chica bonita, risas, insinuaciones y grandes expectativas.
Y la noche se terminaba mientras apagaba el motor del auto frente a su casa. Bajé a despedirla y la tomé de las manos:
"Tengo algo que decirte".
Ella me soltó y buscó algo en su bolso. Pronto sacó una granada de mano y con su índice amenazó con quitarle el seguro.
"Realmente me gustas".
Retiró el seguro y me miró como diciendo: "tu te lo buscaste".
No tuve ni que pensarlo. Me abalancé sobre ella y la besé.
8.1.07
Hoy me levanté y por fin comprendí muchas cosas. Desde luego, no las comprendí inmediatamente en el instante en que me levanté, sino que me tomé unas cuantas horas, pero debo admitir que tengo una extraña tendencia a siempre iniciar mis textos de una manera similar. Bueno, pero ¿Qué es lo que me ha costado tanto tiempo comprender? En realidad no creo que haya sido tan ingenuo para no haberlo descifrado inconscientemente desde hace ya bastante tiempo, sino que más bien lo difícil fue poder explicarlo de alguna manera simple y, sobre todo, consciente.
Y la cosa es bien sencilla: toda la vida me la he pasado en una carrera contra la muerte. ¿El hilo negro? Desde luego que no. La analogía de la carrera contra la muerte es de ya hace cientos de lunas atrás. La pregunta principal es ¿Por qué o cuál es el motivo de esforzarse en una carrera que uno está predestinado a perder? ¿Para qué correr si sabemos de antemano que la muerte inevitablemente nos va a alcanzar?
Es de allí donde parte, según mi breve comprensión de la vida, el gran enigma de la existencia misma. ¿Cuál es el motivo de vivir si eventualmente voy a morir? ¿Por la pura emoción de intentarlo? Desde luego que no. ¿Para disfrutar la vida? Seamos realistas: la verdad son pocas las cosas que realmente se pueden disfrutar de esta vida, comparadas con todos los sufrimientos que se deben sobrepasar. Y no niego que existan alicientes; y mucho menos que en algún alocado momento de nuestra estrepitosa trayectoria, o en un rush de alegría incontenible se pueda llegar a pensar el clásico: “todo ha valido la pena por este momento”. Pero después de un detallado análisis y de poner todo en una balanza, es fácil para cualquiera de los miembros de la familia –sapiens comprender que ese tipo de momentos son los menos, mientras que las miserias y sufrimientos predominan la mayor parte de nuestros oxigenoinhalantes días.
De tal manera que llegamos al mismo punto ¿Para qué esforzarse en vivir una vida miserable y sin sentido si comoquiera he de morir? ¿Por qué tratar de superar a un adversario invencible? Después de un breve momento de iluminación he llegado a la conclusión de que todo el esfuerzo involucrado en la amarga travesía de la existencia consiste en derrotar a la muerte antes de que ella te alcance; en volverse inmortales antes de la muerte. Y es que la respuesta es tan sencilla que hasta parece ridícula: Nuestro objetivo es alcanzar la inmortalidad antes de morir.
Y para lograr la inmortalidad hay miles de maneras disponibles, algunas más eficientes que otras. Se puede obtener escribiendo un gran libro o rompiendo un récord deportivo. Inmortal a través de una pintura o una melodía. Inmortales Marie y Pier Curie; Atila, Mozart, Newton, Einstein y Picasso. Inmortal a través de tus acciones, tus pensamientos, tus ideas o tus omisiones. Allí esta la llave de la existencia: en la búsqueda constante de perdurar en esencia a pesar de que nuestro cuerpo se descomponga. En vivir en la mente colectiva, en los recuerdos, en los libros, en las voces, en las nuevas generaciones…
Pero esta no es la única manera de vencer a la muerte, también se puede obtener un resultado similar a través de la progenia: los hijos, los nietos, la familia... Se puede lograr una breve inmortalidad gracias a los amigos, los conocidos y las personas con quien interactuamos en el medio social. Sin embargo, la influencia de este tipo solo afecta un par de generaciones y después la inmortalidad se desvanece, se pierde el recuerdo, se olvida el nombre, desaparece la esencia…
Y es por esa razón que el gran Aquileo prefirió enfrentar una muerte cruel y prematura a cambio de que su nombre perdurara a través de los siglos. Y renunció a la promesa de una esposa y una familia. De un futuro tranquilo y sencillo. Todo esto con la firme convicción de empuñar la lanza y derrotar a la muerte justo un año antes de morir. 
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